por la provincia de Zamora, Fermoselle

situado al suroeste de la provincia de zamora...

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No voy a negar que los que tenemos el privilegio de poder expresarnos libremente desde las páginas de un periódico, tenemos nuestra mala uva y aprovechamos cualquier desliz de un personaje público y, si es político -a qué negarlo-, mejor, e incluso lo estamos deseando y nos sonreímos para nuestros adentros cuando ocurre, circunstancia repetitiva, por otra parte, a cuenta de esa fauna que viene para servirse en vez de servir y que es para lo que se presentaron y fueron elegidos.
Famosa fue en su día la metedura de pata de Sofía Mazagatos, con aquello de “estar en el candelabro”, donde debió decir candelero y tanto se aireó el desliz que hay veces en que uno duda por momentos.
Tengo un amigo que suele decir “se hizo dueño del catarro” y se queda tan ancho.
Una ministra, Bibiana Aído, salida de una ley llamada de paridad, mal parida, aunque pueda parecer ahora socorrido el comentario, ha tenido un momento de gloria con su sonrojante “miembros y miembras”, y tanto es así que, en su intento de manifestarnos su feminismo extremista, no ha caído en la cuenta -es solo un ejemplo- que el hombre que roba es un caco, mientras que la mujer que roba, siempre según ella, sería una caca.
Y ello ocurre mientras desde determinadas comunidades autónomas se lanzan dardos contra la lengua común en nombre de un falso progresismo, acrecentando, aún más, el ataque a un idioma que, paradójicamente, crece en prestigio e influencia allende nuestras fronteras, superando, en la mayoría de los países, al francés y al alemán como segundo idioma.
Junio de 2008-La Voz de Zamora
Se nos fue diciembre arrastrándose por el calendario, tan largo como su nombre, vaciándose de contenidos y desahuciado por la Navidad, que siempre nos dejará más promesas que realidades, asentada como está en sus mentiras que, alguien -muchos- se empecina en creer y trasmitirla para que no se acabe el mundo y todo siga rodando, como un matrimonio aburrido, que no llega a separarse, pese a lo irremediable, porque es una flor marchita que se secará fuera del tiesto de la rutina.
Con su gesto de siglos, la Navidad se ha quedado para los buenos mensajes, los buenos deseos, palabrería hueca y dúctil que solo los niños saben participar con la limpieza de su verdad, alejados aún de los tejemanejes de la gran bola rodante y calientes en la fogata de la ilusión.
La Navidad es un niño que se ha negado a crecer, y ahí está toda su magia.
No cree uno ya gran cosa en ese final de cada año, en ese principio del siguiente, pero es necesario armarse de disciplina y aguantar el trago de la gran botella colectiva, voyeur de sus costumbres y participativo en un orden que no se atragante. Por ello, contesto con buenos deseos a los buenos deseos, mimetizando mis respuestas en la oquedad de la educación.
Por ello, cuando me preguntan qué le pido a cada nuevo año, respondo: “Doce meses”.
No me considero sectario cuando condeno en unos lo que en otros perdono, haciéndolo más por estética ante la vida que por otros motivos, como pudieran ser personales, maniáticos o de otra cualquiera la índole y sí por las excelencias de los perdonados, tan elevadas, para mi gusto, que huelgan los demás pormenores. Ni comprendo ni perdono al jugador de elite cuando falla un gol “porque le pegó al balón con la pierna mala”, en frase tan manida como razón no válida, cuando estamos hablando de un profesional que cobra para meterla con lo que sea y debiera entrenar diariamente con esa pierna, mal llamada mala, hasta conseguir que no tuviera envidia de la derecha.
La salvedad la traerían Diego Armando Maradona y su pierna izquierda, un guante, una mano excelsa, puesta al servicio del arte futbolístico en tal grado que podía permitirse el lujo de tener la derecha de adorno, solo para apoyarse o compensar el equilibrio del cuerpo ante el preciso disparo o el regate imprevisible. Otras de mis debilidades es Pablo Neruda, el poeta del océano, de las cosas cercanas, a las que da tal trato poético que las convierte en mayestáticas, cuando otros no se atrevieron ni siquiera a mentarlas y es que, el chileno, desde su mundo de agua, entraba en ellas con la fuerza deslumbrante de sus metáforas, en las que se angustia lo bello y se celebra lo elemental desde la puerta de atrás de la vida.
Lo de los amigos, es distinto. Contados con los dedos de una mano, con el lujo de que sobran, les perdono todo desde la fidelidad de mis defectos, de sus defectos y, en el caso de que fueran tuertos, me acogería al proverbio árabe y los miraría de perfil.
Es conocido que Gerardo Diego, el único poeta de la generación del veintisiete que se declaró franquista, “porque en ese bando estaban los católicos y yo lo soy”, mandaba la plica a los concursos en sobre transparente, algo que no pasaba inadvertido para el jurado, quien le adjudicaba los premios en la misma proporción que su precedente fama, haciendo constar que viene a mi memoria en esta anécdota por la misma en sí y no por sus confesiones políticas, pues los embusteros lo son o no, con independencia de sus tendencias.
Tramposos los hubo siempre y seguirán conviviendo con la humanidad mientras esta exista, aunque hemos de reconocer que no todos son de la misma calaña y clasificar las trampas entre mortales y veniales -como los pecados, según aprendimos de niños- es necesario si queremos ser justos y no tratar a todos con el mismo rasero, porque los hay graciosos por lo ingenioso de su celada, personajes que pueden hacer, de ello, una obra de arte, hasta el punto de acabar perdonándole, bien por la carcajada que nos arrancaron, bien por el tiempo que en ella emplearon y que, además, no nos causaron perjuicio alguno.
De pequeño, tenía un amigo, Casto, que era un tramposo tonto. Para él, la mentira era como el comer para otros, hasta el punto de morirse casi de anorexia cuando comprendió que sus mentiras eran conocidas por todos y aguantadas -esto él nunca lo comprendió- más por pena que por falta de consistencia, aunque hoy sé que lo hacía para llamar la atención y hacerse querer. Hace cinco años que murió y yo no lo puedo imaginar en otro sitio que no sea el limbo.
Nos llega la noticia, a los amantes del comic, de que los Cuatro Fantásticos van a descender en número de uno y pasarán, por tanto, a ser el Trío Fantástico; guardando, eso sí, por el momento, la identidad del que será cesado por necesidades o capricho del guión. Si, hasta ahora, la paridad de géneros estaba coja en el cuarteto -tres hombres y una mujer-, no creo que los guionistas tengan la osadía de cargarse a la Mujer Invisible y arriesgarse a recibir los varapalos de la Viviana Aído de turno por machistas, aunque, puestos a elegir, imagino a Leire Pajín incordiando para que sea el Hombre Antorcha el que desaparezca, por aquello de los malos humos y los daños colaterales para los fumadores pasivos. Además, sería muy fácil quitarlo de en medio: una denuncia y a contaminar a otra parte, hombre malo, por mucho héroe y muy machote que seas.
Uno, que tiene sus preferencias centradas en la única fémina, máxime si la sigue interpretando Jessica Alba en la gran pantalla, les recomendaría no se pierdan ponerse al día con las aventuras de este, hasta ahora, cuarteto, antes de que sean prohidas en nuestro país, acusados sus mentores de machistas o sexistas, que ingredientes para ello no le faltan: Tres hombres, una sola mujer y, además, invisible. ¡Toma ya!
Siento haber levantado la liebre.
Enero es la primera huella en esa senda que formará todo un año; el primer parto entre doce alumbramientos, cada cual a su manera y en una medida heterogénea, según los posibles de cada uno y de sus sueños.
Para ser el primer mes del año, viene pintado, en el lienzo de las frases hechas, como un mes malo, con su cuesta y todo, que siempre lo es hacia arriba por aquello de los dispendios navideños, de los que ya se ha hablado en esta misma columna y no precisamente con alegría.
Enero, el primer vagón de ese tren que seguirá sin ser AVE a su paso por Zamora, aunque algunos seguimos recordando con añoranza, hijos de ferroviarios, el tren de nuestra infancia; el de los olores y el de los sonidos, con aquel traqueteo firme y, a la vez, pausado, que nos sirvió en su día para medir nuestros primeros versos.
Eran, aquellos, otros eneros, en los que apenas teníamos pasado y el futuro era cosa de los demás, tardíos en aquella vida apenas estrenada, lentitud en la inercia de aprenderlo todo, muchas veces, con suspensos.
Enero, lengua que inicia la degustación de un año; dubitativo, por tanto, como todo estreno, se nos abre, palpitante y galopante, al tacto y a la vista y, en él subidos, hemos de recorrer once estaciones, hasta otro enero
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